Apenas hube salido de la ducha, las voces comenzaban a ser audibles desde el salón. Por lo que pude deducir que habría, como mínimo, media docena de personas. Me sequé el pelo, me vestí y me maquillé sin mucho esmero. Zapatos de tacón, tejanos y camiseta palabra de honor negra, al igual que los zapatos. Si íbamos a salir después, no quería desentonar.
Media hora más tarde entré en el salón. Una docena de personas charlaban, bebían y movían la cabeza al ritmo de algo de R&B. A pesar de que esa música me gustaba, no era una experta en grupos y cantantes.
Silvia se acercó a mí con un vaso vacío, ofreciéndomelo.
- ¡Qué guapa estás! - exclamó con una sonrisa de oreja a oreja - Ven, voy a presentarte a alguien.
La primera parada fue al final del salón, junto a la ventana. Un grupo de cuatro chicas bebían mojitos. La rubia se dio la vuelta y me sonrió.
- Helena, Carmen; Carmen, Helena - calló mientras nos dábamos los obligados dos besos de presentación - Es mi compañera de clase.
- Encantada - dijo alegremente.
- Encantada - repetí.
Era una chica de estatura media, pelo rubio a mechas y ojos verdes. Me quedé pensativa, con la impresión de que ya había visto esos ojos antes. Carmen pareció sentirse incómoda ante mi mirada, pues sonrió con nerviosismo. Me recriminé a mí misma mi falta de educación y dejé vagar la vista por el abarrotado salón. Ni Almudena ni Ashley se encontraban allí. Silvia me tranquilizó diciendo que habían salido a comprar hielo.
Me acerqué a la mesa central con el propósito de servirme un mojito. Al parecer, era lo único que se estaba bebiendo en la fiesta -además de chupitos de Tequila-. Serví el ron en mi vaso, pero la medida se quedó corta; la botella se había acabado.
- Toma - escuché a mis espaldas.
Me giré para coger la botella que seguramente me estuviesen ofreciendo, cuando me encontré con un par de ojos verdes, iguales a los de Carmen. Era el chico que estaba en la puerta del edificio de Ingeniería Aeronáutica. El moreno de ojos verdes. El ángel caído del cielo por, probablemente, suscitar envidias entre los demás entes alados.
- Gra- gracias - balbuceé, como una tonta.
Me estaba girando para proseguir con la preparación de mi bebida cuando volvió a hablar. Se trataba de una voz masculina, profunda, grave, sexy, viril.
- Soy Aaron - me dijo - somos vecinos de facultad.
Me quedé paralizada. ¿Cómo sabía que yo era de moda? Probablemente se lo hubiese dicho Silvia. Sentí una punzada de decepción ante mi último razonamiento. ¿Cómo un chico como él podría haberse fijado en una primeriza como yo?
- Helena.
- Es un placer.
Sentí el calor de su cuerpo junto al mío, y el olor más profundo y estimulante que pudiese existir sobre la Tierra. No es cuestión de que el perfume huela bien, sino de que sea compatible con el olor corporal de la persona. Y, en este caso, eran como uña y carne. Quise contestar con un cortés "El placer es mío" o "Lo mismo digo" e, incluso, un "Encantada", pero su presencia anulaba mis sentidos, por no decir: mi sentido común.
Una chica de pelo moreno se acercó a Aaron y comenzó a hablar con él. Me sentí liberada, pero celosa de que ella sí fuese capaz de entablar una conversación coherente con un chico así. Silvia se acercó y me pasó el brazo por los hombros, de forma que quedamos de espaldas a Aaron.
- ¿Le conocías?
- No, nos acabamos de presentar.
- Es guapísimo - dijo, mordiéndose el labio a continuación.
Sonreí tímidamente. Aún duraba en mi el efecto embriagador de su olor.
- Estará en la fiesta del Sábado, Carmen me lo ha dicho. Ella irá, podríamos juntarnos .
- Claro - contesté.
Por unanimidad, decidieron que esa noche iríamos a la discoteca del puerto. Algo más cara que las céntricas, pero con más y mejor ambiente. Tuvimos que ir en coche. Me monté en mi Peugeoit 308, acompañada de Silvia, Carmen, Ashley y Almudena.
Dentro no consumí nada. En cuanto me enteré de que las copas costaban 10 euros, me sometí a una noche de sequía, únicamente aliviada por un par de tragos fugaces de agua del lavamanos del baño.
Pese a la nueva ley que prohibía fumar dentro de cualquier establecimiento, eramos muchos los fumadores sobre la pista de baile. Los seguridades ignoraban el relativo detalle de estar infringiendo una ley que, por otro lado, era prácticamente imposible de controlar en una discoteca de semejantes dimensiones y aforo completo.
En una ocasión, Aaron me ofreció un cigarro. Chesterfield, ¿Sería una señal? Ashley se quedó embobada con él.
La noche acabó con todas mis acompañantes borrachas como cubas y yo, la conductora, más serena que una mañana de estudio. Apenas cogí la cama de mi cuarto, caí dormida.
3 comentarios:
No puedo decir otra cosa que increíble.
Mmmm ¿triangulo amoroso a la vista? Me encantan. Nunca sabes de que lado ponerte jaja. No t epuse nada en las entradas para no ser pesada. Bueno que la historia me gusta. Y espero leer más :D. Un besito.
PD: Aaron... mmm hasta el nombre es sexy xD.
me encanta, tengo muchas ganas de saber como sigueeeeee!
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