Me sentí arrastrada hacia el interior del piso, por lo que cerré la puerta de una patada. Tiré de él hacia mi habitación. Ya tendría tiempo para lamentarme por lo ocurrido. De momento, sólo podía pensar en Aaron y yo, yo y Aaron. Dos cuerpos unidos por el deseo carnal adolescente, ansiosos de explorar el cuerpo del otro y de proporcionar y recibir un placer sin límites.
Las sábanas se convirtieron en un campo de batalla, donde aquí y allá estallaban minas convertidas en gemidos de locura. Sentí su cuerpo desnudo sobre el mío, mis piernas rodeando su cintura, estrechándole contra mí, deseosa de sentirle entre mi sexo. Sentí que no importaba nada más, que podría perderme eternamente en ese momento, sin extrañar absolutamente nada. Sentí su miembro dentro de mí, embistiéndome con fuerza y pasión. Gemí, gimió, gemimos. Los cristales de mi cuarto se empañaron, celosos de nuestros gritos.
Una efímera hora después, convertida en apenas dos segundos en mi cabeza, Aaron alcanzó su cenit. Empapado en sudor, se quitó de encima y se tumbó junto a mí, boca arriba, jadeando, intentando
encontrar el oxígeno que sus pulmones le negaban. Tragué saliva, intentando acompasar mi respiración para que mis latidos frenasen, poco a poco.
Unos minutos después, cuando conseguimos serenarnos, Aaron se levantó de la cama y comenzó a vestirse. Me incorporé, tapando mi cuerpo desnudo con las sábanas revueltas que aún descansaban sobre el maltratado colchón. Ahora que ya no nos encontrábamos en ese mágico trance, recordé lo que significaba el pudor.
- Puedes ducharte aquí - sugerí. En realidad, sólo deseaba que se quedase junto a mí un rato más.
- No puedo, prometí a unos amigos que iría a comer. -Se abrochó los botones de sus tejanos. - Se me ha hecho tarde.
Salió de la habitación. Presurosa, me enrollé la sábana y le seguí por el pasillo.
- ¿No piensas despedirte? - pregunté cuando abrió la puerta del piso.
Se volvió y me miró profundamente. Agachó la mirada y murmuró un "adiós" apenas audible, aún en el silencio sepulcral que se había adueñado del lugar. Cerró la puerta tras de sí, y escuché sus pasos acelerados escaleras abajo.
Me dejé caer, envuelta en la sábana, contra el frío suelo del pasillo. Sentada, con la espalda apoyada contra la pared, sentí que todo el mundo se me venía encima. ¿Qué acababa de hacer?
1 comentario:
Noooo! Será cobarde. Pues a la mierda con él. Un besito. Genial;)
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